Ha llegado el otoño
y el color ocre de las hojas
decora las calles,
esperando a que los árboles
se desnuden con el frío
y la nieve sepulte
a la gran ciudad.
Ha llegado el otoño
y con el tu sonrisa
y la melodía de tu voz
que resuena en mi cabeza
mientras atardece en Casa de Campo.
Fluyen las palabras
mientras el sol anaranjado
se refleja en el agua
y el crescendo sutil
empieza a elevarse,
destapando el compás.
Y sin darme cuenta,
estoy enredado en tu pelo,
perdido en tus ojos
y entregado a tus labios.
Fluimos juntos al compás
y el débil pianissimo
ha pasado a forte,
y el tiempo deja de ser oro
y empieza a desaparecer
en su propia esencia,
viajando, quizás, a ningún lado.
Se han torcido
las manecillas del reloj
pero tus labios siguen
relamiendo los míos
y me muerdes lentamente
como diciéndome
«¿qué más da que sean
las diez y media?.»
Te has convertido en oro
y la luna brilla
dejando atrás
al sol del atardecer,
nuestros labios se separan
y reina el silencio
de la música ambiental.
Y nada más.
No ha pasado ni un día
y es como si no te hubieras ido,
la vida fluye sin más
y el tiempo corre más deprisa
contando los días que faltan
para ver de nuevo tu sonrisa.