domingo, 15 de junio de 2014
Gianicolo.
Estaba aquí, venido a menos con una botella de ron, unos papeles y con Vivaldi sonando de fondo.¿Sabes una cosa? No puedo sacarte de mi cabeza. ¿Sabes por qué? Porque eres la Lenin de mi Revolución, eres especial y se lo repetiré a quien sea una, dos, siete y hasta mil veces si hace falta. Tú y tu sonrisa, tú y tus lunares, tú y tus abrazos. Venecia, góndolas, pizza in extremis en el parque. Cada trago de este amargo ron barato me lleva quizás un poco más allá por los canales mientras escucho las flautas y los violines de Antonio y veo tu rostro en el fondo del vaso. Y voy lo suficientemente cuerdo como para distinguir los cresecndos, aunque no voy lo suficiente borracho como para dejar de verte. Ahora sé, que estás en cada trago, en cada nota, en cada calada, en cada pájaro que trina, en cada rosa, en todas partes. Y voy a seguir escribiendo, aunque sean las doce de la mañana, aunque vaya sin rumbo fijo por los canales de Venecia. Roma, paraíso en ruinas, besos bajo el busto de la Capitolina, tagliattelli en el Trastevere, caída de Roma en la cama del hotel. Y quemamos los mapas, y nos perdimos, como una clave de sol en la partitura de un fagotista, hasta encontrarnos de nuevo bajo las estrellas del cielo florentino. Y otra vez estaba contigo, sin apenas un respiro.
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