Noto a mi corazón
palpitar como
si fuera
la última vez.
Oigo ruido.
Mucho ruido.
Oigo ruido
en el parque,
en casa,
en el libro,
en la herida,
en el porro,
en la cerveza,
en el polvo,
hasta en la cancha
de baloncesto
una tarde de enero
a dos grados bajo cero.
Hasta mi guitarra
crea ruido,
mientras palpita
mi corazón
y el compás
se acelera,
la blanca
se vuelve
negra
y la corchea,
semifusa.
Hasta que llega
el silencio.
Un compás.
Dos compases.
Cinco compases...
Y una anacrusa.
Me falla la respiración
y vuelve de nuevo el ruido,
con sincopas traicioneras
y tresillos descarados
que se ríen del dos por cuatro
como diciendo «vete y no vuelvas»,
como quien se emborracha un martes,
como si quemara la batuta
y como arden los dedos cuando
golpean súbitamente las cuerdas
una tarde de enero.
Y de nuevo
arden cosas
en la casa.
Si es que,
ahora,
hasta la pieza
suena piano
y ni la caliente
chimenea del salón
consigue poner paz
en mi interior.
Estoy mirando
las partituras
en mi habitación
y de repente,
vuelve el ruido,
vuelve el grito,
el enfado,
la rabia,
el «te quiero»,
vuelve la sombra,
la gracia,
la herida,
la música,
el hachís,
la lascivia,
el orgasmo,
el vacío,
la lágrima,
el crescendo,
la doble barra
y el da capo
al fine
que no acaba.
Y noto a mi corazón
palpitar como
si fuera, quizás,
la última vez.
Increíble. "La blanca se vuelve negra y la corchea semifusa". Precioso de verdad
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