Estoy en tu cama sin ti y tu olor inunda mis fosas nasales. Hundo la nariz en la almohada. Cojo aire. Y me vengo abajo. Todo el trabajo, tan duro y constante, se ha desplomado en un instante, en un momento de guardia baja el croché ha golpeado el mentón izquierdo. Me recompongo y vuelvo al ring. Un directo. Mientras me aclaro las ideas y refresco mi boca, oigo a un tío decir algo en la grada. Voy perdiendo y el lo sabe, lo deja caer y evita mirarme. Sabe que está metiendo el dedo en la llaga.
Se acaba el tiempo muerto y no me queda más opción que volver a pelear. Forjeceamos y esquivamos golpes, patadas e incluso mordiscos. Un momento se detiene ante mi. Me va a dar. Voy a caer desmayado. Justo en ese instante, indico al árbitro que me quiero retirar y abandono el cuadrilátero, el vestuario y el estadio.Ahora que estoy en mi cama sin ti, después de haber estado en la tuya, hundo la nariz en la almohada y cojo aire. Pienso en retirarme del boxeo, pero también pienso en ganarlo todo. Es una bifurcación y ahí reside el problema. La dualidad y los griegos con sus íes. Después de haber olido tu perfume impregnado en la almohada en la que tantas veces he apoyado la cabeza, decido que no voy a sucumbir y voy a entrenar más duro para que, en la próxima pelea, no me derribe el muro.