domingo, 14 de marzo de 2021

Boxeo

 Estoy en tu cama sin ti y tu olor inunda mis fosas nasales. Hundo la nariz en la almohada. Cojo aire. Y me vengo abajo. Todo el trabajo, tan duro y constante, se ha desplomado en un instante, en un momento de guardia baja el croché ha golpeado el mentón izquierdo. Me recompongo y vuelvo al ring. Un directo. Mientras me aclaro las ideas y refresco mi boca, oigo a un tío decir algo en la grada. Voy perdiendo y el lo sabe, lo deja caer y evita mirarme. Sabe que está metiendo el dedo en la llaga.

Se acaba el tiempo muerto y no me queda más opción que volver a pelear. Forjeceamos y esquivamos golpes, patadas e incluso mordiscos. Un momento se detiene ante mi. Me va a dar. Voy a caer desmayado. Justo en ese instante, indico al árbitro que me quiero retirar y abandono el cuadrilátero, el vestuario y el estadio.
Ahora que estoy en mi cama sin ti, después de haber estado en la tuya, hundo la nariz en la almohada y cojo aire. Pienso en retirarme del boxeo, pero también pienso en ganarlo todo. Es una bifurcación y ahí reside el problema. La dualidad y los griegos con sus íes. Después de haber olido tu perfume impregnado en la almohada en la que tantas veces he apoyado la cabeza, decido que no voy a sucumbir y voy a entrenar más duro para que, en la próxima pelea, no me derribe el muro.

miércoles, 3 de marzo de 2021

El muro.

 El sonido del auto-sopapo te termina de despertar y piensas "¿qué cojones haces?".

Parezco un personaje de anime de deportes. He chocado contra el muro, el alcanzado todo el potencial que otros veían en mi y he entrado en regresión. Ahora los pensamientos pasados me atormentan y me hacen tener miedo de mi. El muro es muy alto y quiero llegar a mirar al otro lado, pero cada vez que salto las piernas me fallan y me quedo anclado. Clavado como Cristo, en el suelo de la cancha y en vez de rematar, en vez de saltar y ver lo que hay más allá del muro, cien ladrillos lastran mi vuelo. No puedo dormir y la máquina no para de girar. Primero al trote, como caballo estepario. Luego ve un zorro, se asusta y no sabe lo que pasa. Posición rampante y luego echa a correr. Deprisa. Más deprisa. El caballo se ha convertido en un tren de alta velocidad que está destinado a alcanzar la velocidad que le permitirá convertirse en avión. Luego en nave espacial. Llegará al espacio y alcanzará la órbita de no se sabe donde. Aquí arriba no veo ningún dios. Aquí abajo solo veo mis entrañas y mi huerto. Mi luna y mi sol. El bastón y la pluma. Lo seco y lo húmedo. 

Sin duda, en el pesaje de las almas, de un lado de la balanza saldría la mano de Dios de una nube. Mientras, San Miguel me sonreiría mientras vigila ambos platos de los garfios y los demonios menores, molestos y pánfilos, quieren desequilibrar el valor de mi alma. La dualidad es una realidad y el dilema de la Y se manifiesta a cada segundo de la eterna noche. En el momento previo a conciliar el sueño y abandonarme a mi subconsciente para que, a la mañana siguiente no recuerde nada. Tostadas y ansiedad para desayunar. El tic-tac es inevitable y acelera el pulso. Quiero saltar el muro y ver que hay al otro lado. No me importa el que. Solo quiero disfrutar de la visión de estar por encima, ese segundo mas en el aire, ese salto más potente. Solo quiero que las piernas no me fallen.

No sé que estoy haciendo pero si sé lo que no quiero hacer. Quiero saltar y ver más allá del muro.