El sonido del auto-sopapo te termina de despertar y piensas "¿qué cojones haces?".
Parezco un personaje de anime de deportes. He chocado contra el muro, el alcanzado todo el potencial que otros veían en mi y he entrado en regresión. Ahora los pensamientos pasados me atormentan y me hacen tener miedo de mi. El muro es muy alto y quiero llegar a mirar al otro lado, pero cada vez que salto las piernas me fallan y me quedo anclado. Clavado como Cristo, en el suelo de la cancha y en vez de rematar, en vez de saltar y ver lo que hay más allá del muro, cien ladrillos lastran mi vuelo. No puedo dormir y la máquina no para de girar. Primero al trote, como caballo estepario. Luego ve un zorro, se asusta y no sabe lo que pasa. Posición rampante y luego echa a correr. Deprisa. Más deprisa. El caballo se ha convertido en un tren de alta velocidad que está destinado a alcanzar la velocidad que le permitirá convertirse en avión. Luego en nave espacial. Llegará al espacio y alcanzará la órbita de no se sabe donde. Aquí arriba no veo ningún dios. Aquí abajo solo veo mis entrañas y mi huerto. Mi luna y mi sol. El bastón y la pluma. Lo seco y lo húmedo.
Sin duda, en el pesaje de las almas, de un lado de la balanza saldría la mano de Dios de una nube. Mientras, San Miguel me sonreiría mientras vigila ambos platos de los garfios y los demonios menores, molestos y pánfilos, quieren desequilibrar el valor de mi alma. La dualidad es una realidad y el dilema de la Y se manifiesta a cada segundo de la eterna noche. En el momento previo a conciliar el sueño y abandonarme a mi subconsciente para que, a la mañana siguiente no recuerde nada. Tostadas y ansiedad para desayunar. El tic-tac es inevitable y acelera el pulso. Quiero saltar el muro y ver que hay al otro lado. No me importa el que. Solo quiero disfrutar de la visión de estar por encima, ese segundo mas en el aire, ese salto más potente. Solo quiero que las piernas no me fallen.
No sé que estoy haciendo pero si sé lo que no quiero hacer. Quiero saltar y ver más allá del muro.
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