Y abrí los ojos y estabas ahí, mirándome desde abajo, con tu cabeza apoyada en mi pecho y una mano acariciándome la mejilla. Y tu ojos marrones, rebeldes como el mechón de pelo que te caía por la cara, miraban los míos como diciendo algo que ni tu boca ni la mía se atrevían a pronunciar. Hacia ya tiempo que el disco de Ella Fitzgerald había dejado de sonar en la cadena de música y ahora solo quedaban el tic-tac del reloj y una mezcla de profundas respiraciones y del sonido de tus manos recorriendo mi pecho.
¡Pero oh, el silencio! Si apenas una sola mirada silenciosa y sincera ha bastado para hablar más que en tanto tiempo y con ruido ambiental, trino de pájaros, música de fondo y los ruidos de la gran ciudad. Y mientras mi dedos se enredan entre tu pelo, notamos algo en el ambiente. Profundo. Como el olor que dejas en mi, como ese olor que huelo cada vez que restriego mi nariz en mi almohada con la esperanza de que realmente sea tu olor el que huela y no el sudor que haya dejado tras una pesadilla que no recordaré. Intenso. Como la huella de tu sonrisita tras una diminuta broma, como aquella sonrisa tras una sincera mirada, como aquella gran sonrisa tras un beso pasional.¡Ah el dichoso silencio que habla por nosotros! Tenemos miedo. Miedo a perder algo tan precioso, tan preciado, tan bonito que parece un sueño. O al menos, ese es mi miedo. Aunque quizás sea mi miedo por temor a que no sea tu miedo y vayas a despedirte de mi en cualquier momento. Quiero hacerme un hueco en tu cama para no irme, para que me rescates si naufrago, para que no avancen las manecillas del reloj, para observarte mientras duermes, desnuda, frágil, sin miedo.
Pero ese silencio que habita y habla, que dice esas palabras que no se atreven a salir de nuestras bocas por miedo mutuo pero ambos sabemos que existen. Hazme oro y tiempo entre besos, tus dedos, tus caricias, tus risas y las curvas de tu cuerpo. Disfrutemos, juntos, el uno del otro, sin preocuparnos por las manecillas del reloj.
No hay comentarios:
Publicar un comentario