jueves, 25 de febrero de 2016

El árbol del jardín.

Echo de menos
verte desde
el sofá,
crecer fuerte
y libre.

Echo de menos
sentarme contigo
y contarte
el porqué de mi vacío.

Echo de menos
tus verdes hojas,
tu tronco delgado
pero robusto.
Echo de menos
a las avispas
de tu copa
y recoger
tus hojas
en invierno.

Te echo de menos.

Te hecho de menos
porque me escuchabas,
porque me has visto crecer,
reír, llorar, maldecir y gritar,
ser feliz, triste y me has visto volar
aunque yo nunca haya sido pájaro
que bate sus alas en slow-mo
alejándose de todo.

Echo de menos
tu sombra en verano
y tus ramas desnudas
cuando tenían que estarlo.

Y ahora,
miro por el cristal
y no esta tu tronco,
ni hay hojas en el suelo,
ni hay avispas revoloteando.
Ahora no hay pájaros
que canten en sol mayor
ni color en mi jardín.

A veces pienso,
que mi vida
sin tí,
está más que vacía,
que cuando te fuiste,
me arrancaron
un trozo de mi.

No hay nada
ni nadie
que me escuche
como tú,
que me ayude
como tú,
que me llene,
como tú.

Te echo de menos.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Slow life.

Vuelo en una nube, siento como fluye el universo, oyendo a cada pájaro trinar, analizando, analizándome por dentro, como lo que nunca fui ni seré, tecleando, mecanografiando el tic-tac del reloj que pasa sin más en este ir y venir de autobuses, besos, libros y gritos. Sentirme libre, sentir el movimiento de tu cuerpo, ver la luna y volver al principio de mi existencia.
Siento conexión, oigo el ruido del cosmos, vida lenta, fluir despacio el cuatro por cuatro, con accelerandos, sentir, febrero y seguimos aquí, borrando los miedos que una vez fini, volando sin fin.
Siento que por más que quiero, no fluyen las letras en el teclado, aunque todo sea motivo para escribir, pero siento que me estoy consumiendo cada vez más lento y fluyo lento, como suspendido en el espacio. Diciembre, un año, unos cuantos meses y toda una vida de recuerdos y sensaciones que nunca olvidaré, reconstruyéndome, esperando que el verano me lleve.
No oigo más que gritos pero todo me resbala como empapado de opiniones y cosas sin importancia, salir de casa y sentir algo, cada vez distinto, humo, risas, puro movimiento que detiene mi combustión, congelando mi existencia y queriendo estar ahí para siempre, en tu burbuja, sintidiendome libre, sentado en la terraza, fumándome unos clenchs, viéndose las nubes mover, disfrutar de la vida como él. Encontrarme conmigo mismo y poder conocer y volar, poder volar libre de una vez.
Fluyo, es slow life, vida lenta, mente abierta. 

martes, 2 de febrero de 2016

Lo que sí y lo que no.

No me gusta cambiar las sábanas un triste domingo porque dejan de oler a ti, royendo el tejido como vieja polilla, escondiéndome del sol bajo tus sábanas, iluminado por las bombillas, fluye, exalando humo desde las costillas.
No me gusta cambiar las sábanas y que no huelan a ti, no me gusta la despedida forzada de «hay que irse pero me quedaba toda la eternidad», no me gusta cuando mis sábanas son neutras y me despierto y no estás, pero me gusta cerrar los ojos, volverlos a abrir e imaginar tus ojos marrones y tu sonrisita iluminada por el sol.
No me gustan mis sábanas recién puestas ni el tic-tac del reloj ni la alarma de las doce, me gusta cuando fluye, cuando me acaricias sin esperármelo, cuando pones cara que solo tu sabes poner, cuando ríes y me miras diciéndome que estoy ciego pero en verdad me miras como diciendo «hazme oro que el tiempo parpadea». Me gusta el mordisco de pizza carbonara acompañada de tu cuello, me gusta cuando me jadeas al lado, tu pelo enredado entre mis dedos y tus manos rasgueando las cuerdas de la guitarra con y sin timidez mientras hago como que no miro y mirarte, mirarte y que me digas que que hago y que me vuelvas a llamar ciego y sentir tu cálido aliento. Me gusta hacerte feliz, que me entiendas y me quieras.

Pero lo que no me gusta es cambiar las sábanas un domingo por la tarde.