martes, 2 de febrero de 2016

Lo que sí y lo que no.

No me gusta cambiar las sábanas un triste domingo porque dejan de oler a ti, royendo el tejido como vieja polilla, escondiéndome del sol bajo tus sábanas, iluminado por las bombillas, fluye, exalando humo desde las costillas.
No me gusta cambiar las sábanas y que no huelan a ti, no me gusta la despedida forzada de «hay que irse pero me quedaba toda la eternidad», no me gusta cuando mis sábanas son neutras y me despierto y no estás, pero me gusta cerrar los ojos, volverlos a abrir e imaginar tus ojos marrones y tu sonrisita iluminada por el sol.
No me gustan mis sábanas recién puestas ni el tic-tac del reloj ni la alarma de las doce, me gusta cuando fluye, cuando me acaricias sin esperármelo, cuando pones cara que solo tu sabes poner, cuando ríes y me miras diciéndome que estoy ciego pero en verdad me miras como diciendo «hazme oro que el tiempo parpadea». Me gusta el mordisco de pizza carbonara acompañada de tu cuello, me gusta cuando me jadeas al lado, tu pelo enredado entre mis dedos y tus manos rasgueando las cuerdas de la guitarra con y sin timidez mientras hago como que no miro y mirarte, mirarte y que me digas que que hago y que me vuelvas a llamar ciego y sentir tu cálido aliento. Me gusta hacerte feliz, que me entiendas y me quieras.

Pero lo que no me gusta es cambiar las sábanas un domingo por la tarde.

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