viernes, 21 de octubre de 2016

Biografía de un pájaro escritor.

Me muevo en el un espectro gris sin techo, en ruinas y al atardecer, como romántico desposeído de sus ideales, como un viejo carcamal. Dioramas que se elevan muchos metros en lo alto que me impide ver lo que hay en la esquina derecha. Me siento pequeño, chiquito, estático, plagiado por mi mismo. Ya no sé que escribir, se me ha olvidado escribir, me siento encarcelado dentro del papel, sin poder fluir por las lineas, expresando que hoy no es ayer y que mañana empieza hoy. Siento que tanto café empieza a darle forma a unas ojeras góticas, hundidas, pasadas de moda. El mundo se torna gris cuando camino y nunca ha dejado de ser así, desde aquel primer poema fresco, inocente, románico que daría paso a toda una serie de letras que empezaban a catequizar un vestigio de nuevos colores en mi paleta de pintor poco hábil.
Y llegaron los nuevos atisbos de revolución, empezaban a calar mis ideas, empezaba a ser yo, pero en realidad estaba muy lejos de lo que creía estar empezando a ser y lo que era de verdad. Pasaron los años estables, grises, inviernos fríos, veranos largos y tediosos entre viajes a cualquier lugar y exámenes suspensos, presión por todos lados y una larga lista de poemas sin escribir. Hasta que por fin despegué, eché a volar sintiendo que nadie me podía para, sentía que estaba volando por fin, que conseguiría migrar a otro estadio, a otro yo. Pero acertaron y me dieron en el ala. Caí en picado y no hubo día sin llantos, ni pensamientos. No hubo un día sin letras empobrecidas por vídeos de torneos de poesía con la esperanza de que me enseñasen a exhibir todo lo que tenía dentro, no hubo nadie que no supiese lo que se me pasaba por la cabeza.
Pero las manecillas del reloj seguían avanzando ruinmente, sin piedad, sin dar ningún descanso y descubrí el amor libre. Y con la llegada de la selectividad, los nervios y la presión (que nunca cesó), volví a despegar muy alto, pero las alas aún estaban resentidas, desconfiadas. Y me volvieron a dar.
Y hoy, mi cabeza está tan henchida de ti que apenas tengo tiempo de escribir nada porque no lo necesito, porque me recogiste del suelo, hundido, acurrucado y con miedo, mucho miedo.
Me diste unas alas nuevas, un nuevo deseo de volar y desde el primer momento supe que debía volar junto a ti, debía emprender ese vuelo que llevaba esperando tanto tiempo, un vuelo libre, pleno de felicidad, pero un vuelo contigo.
Pero me he terminando convirtiendo en cazador, plato-pum. Y entre tiros a pulmón me he dado cuenta de que por alguna extraña razón que ni yo mismo acabo de comprender, te quería disparar perdigones en el centro de tus alas, te quería encadenar a mi pata.
Por eso, te doy las llaves, para que te deshagas de todas tus cadenas y te pido que aceptes que este viejo pájaro gris, que ha empezado a ver el mundo de colores, que ha dejado de lado un mundo gris de escalas menores, vuele contigo.
De aquí, a Brasil.

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