martes, 16 de mayo de 2017

Negro.

Ya estoy harto de tanto ruido y de tanto frenesí que vi en un intenso verso. Superfluo, que suprefluye bajo la atmosfera sin miedo de mis dedos que rechazan todo lo que escribo. No fluyen las líneas por el universo, que siento, desespera y con prisa, mi brisa, que azota el humo que genera sonrisa. Lisa, como la camisa que prendo, presto, cogiendo el mechero, en el abismo sin miedo, troceando los cuerpos, perfilando los versos, que beso, si no hay besos que conduzcan este gesto.

Vacío es el que llena el papel, que no es menester de su maestre, que contra la corriente, deja el verso candente, al dente para que tu boca lo mastique. No fluye si no estás, no fluye si te vas, como tampoco fluye cuando siento despertar. Necesito de fumar, de escribir, de llorar. De curar la mente que siente, prevalece, sin nadie que lo intente. Quiero explotar en el papel como lo haría un demente.
Consulto al papel, me dice ven, te cuido como nadie, que quieres, que sientes, que pretendes. Pretendo ser competente, sacarme a relucir y no caerme, consciente de que no fluye, intuye, matemáticas que confluyen y a hostias ellos deciden.

Ya no sé si estoy enfermo o soy eterno, si soy puro cemento, si soy cero o puro sentimiento que siente abalanzarse sobre el abismo del verso vacío que crea instinto, adverso, que superfluye en el momento, de la duda, paliada con rima dura y blanda droga, que es el verso del preso que se salta los puntos y se sobra con las comas. Sentado en la ventana, solo, como el desierto. Devastado como Roma y sin tierra como Juan diluyó pensamientos mientras mi peta se lo fuma el viento. Viento que no huele a primavera. Huele a otoño húmedo y días cortos, que confluyen con los años. Pensando, que será mañana de este invento, intento, remontar río arriba de cara al viento. 

Hoy estoy cuerdo, mañana pendo, no entiendo, aun así escribo, creciendo. No me detengo, no quiero cesar, acabar, terminar este fluir, que está por venir, que llegará hasta morir y quiero decir, que no renunciaré, ni aunque el otoño llegue, ni aunque las flores marchiten. No cesaré, llevaré a mi persona a lo más alto hasta perecer.


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