Uno para ti y otro para mí, entre café tibio que se torna frío y el ruido de las agitadas hojas de la primavera. Estoy cediendo el espacio a mí mismo, calmado y resucitando con la luna llena como Cristo Redentor.
La vida pasa despacio y consciente como el cenicero de mi mente, suplente del partido que vamos a jugar, alcanzando la cima hasta el final. Me dejo llevar por los acordes de la sintonía de la vida.
Uno para ti y otro para mí, entre el café casí frío y el ruido del viento susurrándome al oído. Queriendo avanzar sin abrir formación pero retrocediendo ante los obstáculos de barro que se alzan en el lluvioso ocaso del día.
El café se enfría mientras se teclean estas líneas producto de una necesidad de encontrar un nuevo enfoque. Pero ya no tengo ganas de nada y si algo no se ve claro como los rayos de sol filtrándose en la lámpara aquella que compramos en Estambul, se abandona como me he abandonado yo mismo.
Se está acabando el polen que aliñaba mi cigarro y con el se desvanecen también las ganas de seguir escribiendo, así que hacemos lo de siempre, porque siempre hay hueco para dos tiros antes de llevarlo a la tumba.
Uno para ti y otro para mí.
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