Hace apenas unos días que llegó la primavera y yo sigo con mallas y dos térmicas debajo de la ropa. Ha llegado la primavera pero el frío del invierno ha calado hasta los huesos. Ya no sé si sentirme bien, mal o pasar de todo lo que me viene a la cabeza. Quiero gritar, llorar, estar mal y salir corriendo. Pero también quiero esperar, reír, estar bien y quedarme sentado. Sentado a que de una vez por todas, el fuego de la chimenea empiece a tirar, resquebrajando cada astilla y consumiendo hasta el más mísero trozo de los troncos. Notar el calor, el regocijo de una sopa de ajo, reconfortante pero seco. Quiero sentarme a esperar a que te sientes a comer, pero tampoco quiero esperarte. Quiero bañar los fideos en el caldo picante pero también quiero probar los rollitos de primavera y terminar con un buñuelo de viento veraniego. Reestructurar el menú para que disfrutemos cada bocado y cada sorbo de la tsingtao bien fría. Pero se me han roto los palillos y es un restaurante chino para chinos. "Come solo con uno". Cómo voy a comer solo con un fideo algo que requiere dos. Quizás la clave sea en usar un tenedor.
La primavera ha llegado pero no está caliente. Es como la dualidad del antiguo Egipto, húmedo-seco, como dos puntos equidistantes en la base de un triángulo. Abandonarme a la escritura, la meditación y la medicación que la vida me ofrece. Quizás sí deba esperar a que se enfríe la comida. O quizás deba abrasarme las papilas gustativas. Debería coger chaqueta, o tal vez debería no ponerme las mallas. Seguro que hace calor...o tal vez no.
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