Es posible que los ecos del invierno hayan llegado a sus últimos rebotes. Por dentro me siento frío, calado hasta los huesos, pero la primavera está tomando forma y cada vez más se acercan los vientos cálidos del verano.
Ya no estás, pero tampoco tengo claro si me hace falta. Ya no estás, pero la tierra se sigue moviendo en torno al sol. Yo he sido pasivo en el cambio y esperar en casa ha tenido su recompensa. Los capullos de las flores se empiezan a abrir tímidamente en la linde del castillo. Mi señora dejó las tierras para ir a visitar una corte al otro lado del charco. No es una corte muy rica, tampoco es de una belleza singular, pero supongo que a ella le llena. Es mejor que deje de conjugar palabras en su honor, pues parece que no va a regresar. Yo solo soy un siervo que cultiva sus campos y recibe de ellos sus cosechas. Es primavera y tiempo de recoger el grano. Quizás Jorge Drexler, aunque unos cuantos siglos más tarde, si tenía razón y tengo el fruto. Esto no tiene pinta de un adiós, pero sí quizás de un punto y aparte. El dolor de labrar el campo, las enfermedades virulentas y el autoflagelamiento en nombre de Dios cada vez es menos. Es hora de ir a la iglesia, comulgar, reír, beber y disfrutar, pues al menos, tenemos que comer. Mi señora se ha ido, y yo que había organizado un banquete en su honor. Pero el banquete es una oportunidad de quizás, conocer a la persona que quiera acompañarme para labrar mi tierra y yo, tendría que devolverle el favor, ayudando a labrar la suya. Codo con codo. Aprender cosas nuevas. Desarrollar nuevos sistemas. Corregir los procedimientos ponzoñosos y evitar esparcir sal en los campos.
Mi señora se ha ido a una corte extranjera en pleno florecer primaveral. Una pena.
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