martes, 25 de mayo de 2021

Trama elocutiva.

He descubierto que me siento como el conde de Haro en Tordesillas. Enfrascado en una reunión donde la trama elocutiva sesea como la serpiente, acechante, pero también ondea dulce como la miel. Ambos bandos intercambian palabras, cartas, y opiniones buscando unos objetivos que a simple vista, son los mismos. Me siento como Pedro Fernández de Velasco, primer conde de Haro, porque estoy atrapado dentro del juego. Soy parte de él. Lo único que en esta ocasión no se trata de una competición, ni hacer valer tus objetivos y opinión, sino de avanzar de forma común hacia un bien que, además de común, es total y completo.

Escuchándonos, hablándonos y mirando el atardecer en un merendero del siglo XXI me doy cuenta que ahora nuestra elocuencia ha sobrepasado las palabras y pasan al lugar de donde estas salen. Nuestras afiladas lenguas y nuestros habilidosos labios disfrutan de los intercambios fugaces, llenos de pequeños estímulos que se acumulan y forman algo más grande. El torbellino arrastra el serpenteo de la lengua a las manos y estas, forman parte del discurso de la negociación. La delicadeza con la que nuestros dedos se arrastran por nuestros cuerpos hasta juntarse llegando a esa buena e honesta amistança que anhelaba el conde de Haro como gestor de tal importante vista. Sabemos que queremos llevar la oratoria de nuestras proposiciones a otro nivel pero, tal y como ocurrió en 1439: las cosas de palacio, van despacio.

Nuestras fablas son como los caminos medievales, quieren ir del punto A al punto B pero pasan de forma inevitable por el punto C. Sin embargo, esto no nos retrasa en la conclusión de estas charlas como si lo hizo Rodrigo de Villandrando, quien generó una ruptura de las entrevistas en Tordesillas. Tenemos todo el tiempo del mundo, hoy estamos aquí, mañana estaremos allá, pero para pasado mañana no tenemos planes. Y eso hace que todo este intercambio vaya sobre seguro, pero no del rey, sino de ambos bandos. El entorno de estas negociaciones también ha sido asegurado de cualquier bolliçio y de cualquier mala arte, machinaçión e mal engaño. Porque ninguna de las dos ha venido ha hacer daño, sino a explorar, identificarse, aprender y disfrutar. 

Atardece de forma inminente y el frío se apodera de nuestros cuerpos. Acurrucadas, pasamos un buen rato como cuando los participantes de la reunión de 1439 se retiraban después de comer a tomar vino y especias. El nivel de nuestro registro elocutivo ha bajado tanto que ha alcanzado el semi-silencio, sin que este llegue a resultar incómodo. Disfrutar de la compañía, del tacto de tu pelo y la suavidad de tus labios también forma parte de todo este entramado del lenguaje. No nos corre prisa en absolutamente nada, ni siquiera en terminar de cerrar todo el torrente de sentimientos primarios a los que nos remite el juego de besarnos. Fiamos la una de la otra como los grandes nobles lo hicieron con el Buen conde de Haro.

Reincidiendo en el picante juego de las lenguas que vienen y van, se nos escapan algunas risitas como señal de disfrute. Unas cuantas caricias. Un par de sonrisas sinceras. Llevar a comisión el debate en las mesitas y despedirnos después con un beso. He escondido un pequeño juego en estas líneas como muestra de que la trama elocutiva sigue adelante. Realmente me siento como el conde de Haro, atrapado en en varios registros elocutivos. No, realmente me siento mucho mejor.

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