Y se acabó. Ya está. Se ha acabado el compás, el batir del trino y la blanca con puntillo. Te has ido. Fugaz. Intensa. Te has ido y me has dejado aquí, de sentada en el autobús escribiéndote algo que puede que no vayas a leer. Se han acabado los petas de otoño y la sonrisa forzada. Se ha acabado el hablar por hablar, el reír por reír y el desintegrase como cargas de dinamita en la boca del lobo. Pudiera ser que ahora ya no vaya a ser ese poeta que no es tan mediocre como los demás, o que mi cuello ya no se cuele por tu nariz salvajemente o que ahora no huyese como si quemara la sombra. Por recordar las noches sin dormir, en las que te buscaba entre parques, calles o bares. Pero ahora, el compás ha terminado y hemos consumido el silencio, despacio, y hemos pasado a la anacrusa donde el director se ha adelantado perdiéndose entre tanto pelo, a veces grasiento y otras enredado entre los dedos. Pero como oí por ahí, «si me quieres conocer, dejo la puerta abierta», así que espero que dejes la puerta entreabierta, aunque ya me hayas dado una copia de las llaves. Hay tantas metáforas y tantos porque síes que nadie se habrá dado cuenta del mensaje menos tú.
Me bajo los pantalones delante de la ventana para quitarle a esto ese «yo» poético tan inevitable que busca el «tú» en algún lugar del Templo de Debod, bajo el Teatro Real, en la Casa del Libro de la Gran Vía madrileña o en esa cervecería que esta según sales del metro de Bilbao a la derecha.
Se acaba, pero vuelve a empezar. Ahora, hay otro camino que tomar y aunque entre bares y calles me queje y me muera de amor, saldremos juntos a buscarnos con los pantalones bajados, de la mano o deslizándonos cuesta abajo. Dame un último paseo por las curvas de tu cuerpo y sino, tengamos un desliz, que si tu quieres, te llevo a ver todos los rincones de Madrid.
Una despedida no es un «hasta nunca», sino un «ya nos vemos» que sale de tu mirada en la puerta del metro de Sol.
Te espero en las escaleras mecánicas.
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