sábado, 10 de diciembre de 2016

¿Aun queda poesía?

Si apenas queda poesía
en el tintero.
Si apenas queda poesía
del mes de enero.
Apenas queda poesía 
que escribir
en el vaivén de la vida
que fluye como ella sola
deslizándose por tus pestañas
al son de cualquier música
pero amor, que mas da
si no queda poesía,
si tu eres poesía.
Para qué escribir,
si lo escribes todo tu.

Poesía aquí,
poesía allá
y yo solo veo gente
que viene y va,
que no se arrepiente,
que no le gusta pensar.

Miro la ventanilla del tren
y veo campo muerto,
esperando a ser verde
con ganas de que salga el sol.
Pero que más dará eso
si ya no queda más poesía.

Yo no soy de epítetos pedantes
ni de párrafos estridentes,
soy de sentarme en la ventana
y ver al pájaro en el albor
que trina y agita sus alas
pregonando que no queda poesía.

No queda poesía que escribir
pero si queda poesía que vivir.
Ahora se escribe en prosa
como te viene y como te va
me pregunto cuando llegará

Siempre esta bien preguntarse
si se acabó el verso superfluo
pero que más dará eso,
mientras nos queden las lineas
mientras haya tinta 
y haya lineas donde sueñe
y donde escape.

Que más da,
si se ha acabado la poesía,
la poesía soy yo.

viernes, 21 de octubre de 2016

Biografía de un pájaro escritor.

Me muevo en el un espectro gris sin techo, en ruinas y al atardecer, como romántico desposeído de sus ideales, como un viejo carcamal. Dioramas que se elevan muchos metros en lo alto que me impide ver lo que hay en la esquina derecha. Me siento pequeño, chiquito, estático, plagiado por mi mismo. Ya no sé que escribir, se me ha olvidado escribir, me siento encarcelado dentro del papel, sin poder fluir por las lineas, expresando que hoy no es ayer y que mañana empieza hoy. Siento que tanto café empieza a darle forma a unas ojeras góticas, hundidas, pasadas de moda. El mundo se torna gris cuando camino y nunca ha dejado de ser así, desde aquel primer poema fresco, inocente, románico que daría paso a toda una serie de letras que empezaban a catequizar un vestigio de nuevos colores en mi paleta de pintor poco hábil.
Y llegaron los nuevos atisbos de revolución, empezaban a calar mis ideas, empezaba a ser yo, pero en realidad estaba muy lejos de lo que creía estar empezando a ser y lo que era de verdad. Pasaron los años estables, grises, inviernos fríos, veranos largos y tediosos entre viajes a cualquier lugar y exámenes suspensos, presión por todos lados y una larga lista de poemas sin escribir. Hasta que por fin despegué, eché a volar sintiendo que nadie me podía para, sentía que estaba volando por fin, que conseguiría migrar a otro estadio, a otro yo. Pero acertaron y me dieron en el ala. Caí en picado y no hubo día sin llantos, ni pensamientos. No hubo un día sin letras empobrecidas por vídeos de torneos de poesía con la esperanza de que me enseñasen a exhibir todo lo que tenía dentro, no hubo nadie que no supiese lo que se me pasaba por la cabeza.
Pero las manecillas del reloj seguían avanzando ruinmente, sin piedad, sin dar ningún descanso y descubrí el amor libre. Y con la llegada de la selectividad, los nervios y la presión (que nunca cesó), volví a despegar muy alto, pero las alas aún estaban resentidas, desconfiadas. Y me volvieron a dar.
Y hoy, mi cabeza está tan henchida de ti que apenas tengo tiempo de escribir nada porque no lo necesito, porque me recogiste del suelo, hundido, acurrucado y con miedo, mucho miedo.
Me diste unas alas nuevas, un nuevo deseo de volar y desde el primer momento supe que debía volar junto a ti, debía emprender ese vuelo que llevaba esperando tanto tiempo, un vuelo libre, pleno de felicidad, pero un vuelo contigo.
Pero me he terminando convirtiendo en cazador, plato-pum. Y entre tiros a pulmón me he dado cuenta de que por alguna extraña razón que ni yo mismo acabo de comprender, te quería disparar perdigones en el centro de tus alas, te quería encadenar a mi pata.
Por eso, te doy las llaves, para que te deshagas de todas tus cadenas y te pido que aceptes que este viejo pájaro gris, que ha empezado a ver el mundo de colores, que ha dejado de lado un mundo gris de escalas menores, vuele contigo.
De aquí, a Brasil.

lunes, 4 de julio de 2016

Si bien...

A menudo me pregunto que hago bien. Si sé bailar bien, si sé cantar bien, si sé tocar bien, pintar bien o afeitarme bien. A veces, me pregunto quien me enseñó a amar, a querer, a ser la pareja de alguien. A veces me pregunto si sé hacer algo bien.
A veces no sé si dibujar en blanco y negro o tocar una escala mayor, cálida y segura entre tus mantas pero siempre preguntándome si lo estaré haciendo bien. No sé tampoco si escribo bien, ni si quiera sé si mi letra es buena, si pienso bien, si siento bien.
Miro mi mesa y veo dibujos mal hechos, poemas de mierda para soñadores incomprendidos y por encima veo apuntes mal hechos, conocimiento que se escapa entre mis dedos, partituras que mis dedos no tocan bien, un librillo de canciones que no suenan bien.
Me miro en el espejo y veo confusión y libertad adornadas con un toque de parsimoniosa estupidez acompañando a un pringao que llora como si las lágrimas sanasen su inutilidad.
Resuenan gritos y llantos en eco interminable, desafinado y estridente, pensando si estará bien, si estaré bien, si hay algo que realmente esté bien. Si ni siquiera sé llorar bien.
Me he levantado está mañana y he notado que las flores ya no son de colores vivos y que los pájaros trinan en mi menor, me he dado cuenta de que el árbol hace tiempo que se fue, con sus verdes hojas. Quizás ahora esté bien.
Me siento insuficiente, ignorado, hundido, perdido, incomprendido y presionado. Incluso fuera de territorio hostil me siento bajo presión, pensando si estaré actuando bien, pero claro, que se me da bien...
 No sé como expresarme, donde expresarme, a quien expresarme, no sé si soy yo o eres tu, ellos, nosotros o el calor de julio, que abrasa mi conciencia dormida que espera a salir volando de aquí y que no tenga que sentirse como se siente.
Ya no hay paracetamoles en forma de poesía, ni flores en mi balcón, ya no hay inspiración que me ilumine para escribir, sabiendo que aunque esté escribiendo no sé si lo estoy haciendo bien.
Me toca decidir entre yo y yo.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Investidura.

Solo sé que estoy improvisando en el papel, fluyendo con la música, y he decidido rebelarme contra mi tiranía a ritmo del tempo, despacio, intenso, soy tiempo hecho oro, contando, mis cenizas vienen y van como el humo denso, que se escapa de mi boca como sintiendo el universo, volando en mi avioneta y jugando con los pájaros en el chemtrail, escapando de mis cadenas y cogiendo la llave del movimiento.
Decirle adiós al sentimiento del fracaso, eliminando miedos del mi yo, poético, extenso, despacio. Despacio y con espacio, sentirlo lento, renaciendo. Y digo basta, seguir en lucha con mi hastío, renovar la motivación, torcer las manecillas del reloj. Oro puro, tiro al plato, grito en alto, revelarme y controlar el movimientos de las nubes, que fluyen en mi entorno.
Cojo mi avioneta y me despido, como he venido, fluyendo con la música, volando libre, siendo el amo de mi destino, desoyendo el reloj, aislado de los problemas, nueva era.

jueves, 25 de febrero de 2016

El árbol del jardín.

Echo de menos
verte desde
el sofá,
crecer fuerte
y libre.

Echo de menos
sentarme contigo
y contarte
el porqué de mi vacío.

Echo de menos
tus verdes hojas,
tu tronco delgado
pero robusto.
Echo de menos
a las avispas
de tu copa
y recoger
tus hojas
en invierno.

Te echo de menos.

Te hecho de menos
porque me escuchabas,
porque me has visto crecer,
reír, llorar, maldecir y gritar,
ser feliz, triste y me has visto volar
aunque yo nunca haya sido pájaro
que bate sus alas en slow-mo
alejándose de todo.

Echo de menos
tu sombra en verano
y tus ramas desnudas
cuando tenían que estarlo.

Y ahora,
miro por el cristal
y no esta tu tronco,
ni hay hojas en el suelo,
ni hay avispas revoloteando.
Ahora no hay pájaros
que canten en sol mayor
ni color en mi jardín.

A veces pienso,
que mi vida
sin tí,
está más que vacía,
que cuando te fuiste,
me arrancaron
un trozo de mi.

No hay nada
ni nadie
que me escuche
como tú,
que me ayude
como tú,
que me llene,
como tú.

Te echo de menos.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Slow life.

Vuelo en una nube, siento como fluye el universo, oyendo a cada pájaro trinar, analizando, analizándome por dentro, como lo que nunca fui ni seré, tecleando, mecanografiando el tic-tac del reloj que pasa sin más en este ir y venir de autobuses, besos, libros y gritos. Sentirme libre, sentir el movimiento de tu cuerpo, ver la luna y volver al principio de mi existencia.
Siento conexión, oigo el ruido del cosmos, vida lenta, fluir despacio el cuatro por cuatro, con accelerandos, sentir, febrero y seguimos aquí, borrando los miedos que una vez fini, volando sin fin.
Siento que por más que quiero, no fluyen las letras en el teclado, aunque todo sea motivo para escribir, pero siento que me estoy consumiendo cada vez más lento y fluyo lento, como suspendido en el espacio. Diciembre, un año, unos cuantos meses y toda una vida de recuerdos y sensaciones que nunca olvidaré, reconstruyéndome, esperando que el verano me lleve.
No oigo más que gritos pero todo me resbala como empapado de opiniones y cosas sin importancia, salir de casa y sentir algo, cada vez distinto, humo, risas, puro movimiento que detiene mi combustión, congelando mi existencia y queriendo estar ahí para siempre, en tu burbuja, sintidiendome libre, sentado en la terraza, fumándome unos clenchs, viéndose las nubes mover, disfrutar de la vida como él. Encontrarme conmigo mismo y poder conocer y volar, poder volar libre de una vez.
Fluyo, es slow life, vida lenta, mente abierta. 

martes, 2 de febrero de 2016

Lo que sí y lo que no.

No me gusta cambiar las sábanas un triste domingo porque dejan de oler a ti, royendo el tejido como vieja polilla, escondiéndome del sol bajo tus sábanas, iluminado por las bombillas, fluye, exalando humo desde las costillas.
No me gusta cambiar las sábanas y que no huelan a ti, no me gusta la despedida forzada de «hay que irse pero me quedaba toda la eternidad», no me gusta cuando mis sábanas son neutras y me despierto y no estás, pero me gusta cerrar los ojos, volverlos a abrir e imaginar tus ojos marrones y tu sonrisita iluminada por el sol.
No me gustan mis sábanas recién puestas ni el tic-tac del reloj ni la alarma de las doce, me gusta cuando fluye, cuando me acaricias sin esperármelo, cuando pones cara que solo tu sabes poner, cuando ríes y me miras diciéndome que estoy ciego pero en verdad me miras como diciendo «hazme oro que el tiempo parpadea». Me gusta el mordisco de pizza carbonara acompañada de tu cuello, me gusta cuando me jadeas al lado, tu pelo enredado entre mis dedos y tus manos rasgueando las cuerdas de la guitarra con y sin timidez mientras hago como que no miro y mirarte, mirarte y que me digas que que hago y que me vuelvas a llamar ciego y sentir tu cálido aliento. Me gusta hacerte feliz, que me entiendas y me quieras.

Pero lo que no me gusta es cambiar las sábanas un domingo por la tarde.