Me apetece tanto
dibujarte
que como no sé,
a veces te escribo
y a veces te dibujo
con palabras.
Cada mechón de pelo,
cada lunar de tu cara,
cada una de tus pestañas,
cada fisura de tus labios
cortados por el frío,
cada una de las curvas
de tu hermoso cuerpo,
cada recuerdo...
Quisiera saber dibujar
para no llorar
mientras te escribo
un lunes por la tarde,
de café tardío
y viento huracanado
contra el cristal.
Pero no sé dibujar.
Y como el bolígrafo
solo traza palabras,
palabras que son
cada trazo del dibujo,
te escribo dibujándote
con cada adjetivo,
con cada sustantivo,
con cada verbo.
miércoles, 25 de febrero de 2015
martes, 13 de enero de 2015
Ruido II.
Noto a mi corazón
palpitar como
si fuera
la última vez.
Oigo ruido.
Mucho ruido.
Oigo ruido
en el parque,
en casa,
en el libro,
en la herida,
en el porro,
en la cerveza,
en el polvo,
hasta en la cancha
de baloncesto
una tarde de enero
a dos grados bajo cero.
Hasta mi guitarra
crea ruido,
mientras palpita
mi corazón
y el compás
se acelera,
la blanca
se vuelve
negra
y la corchea,
semifusa.
Hasta que llega
el silencio.
Un compás.
Dos compases.
Cinco compases...
Y una anacrusa.
Me falla la respiración
y vuelve de nuevo el ruido,
con sincopas traicioneras
y tresillos descarados
que se ríen del dos por cuatro
como diciendo «vete y no vuelvas»,
como quien se emborracha un martes,
como si quemara la batuta
y como arden los dedos cuando
golpean súbitamente las cuerdas
una tarde de enero.
Y de nuevo
arden cosas
en la casa.
Si es que,
ahora,
hasta la pieza
suena piano
y ni la caliente
chimenea del salón
consigue poner paz
en mi interior.
Estoy mirando
las partituras
en mi habitación
y de repente,
vuelve el ruido,
vuelve el grito,
el enfado,
la rabia,
el «te quiero»,
vuelve la sombra,
la gracia,
la herida,
la música,
el hachís,
la lascivia,
el orgasmo,
el vacío,
la lágrima,
el crescendo,
la doble barra
y el da capo
al fine
que no acaba.
Y noto a mi corazón
palpitar como
si fuera, quizás,
la última vez.
palpitar como
si fuera
la última vez.
Oigo ruido.
Mucho ruido.
Oigo ruido
en el parque,
en casa,
en el libro,
en la herida,
en el porro,
en la cerveza,
en el polvo,
hasta en la cancha
de baloncesto
una tarde de enero
a dos grados bajo cero.
Hasta mi guitarra
crea ruido,
mientras palpita
mi corazón
y el compás
se acelera,
la blanca
se vuelve
negra
y la corchea,
semifusa.
Hasta que llega
el silencio.
Un compás.
Dos compases.
Cinco compases...
Y una anacrusa.
Me falla la respiración
y vuelve de nuevo el ruido,
con sincopas traicioneras
y tresillos descarados
que se ríen del dos por cuatro
como diciendo «vete y no vuelvas»,
como quien se emborracha un martes,
como si quemara la batuta
y como arden los dedos cuando
golpean súbitamente las cuerdas
una tarde de enero.
Y de nuevo
arden cosas
en la casa.
Si es que,
ahora,
hasta la pieza
suena piano
y ni la caliente
chimenea del salón
consigue poner paz
en mi interior.
Estoy mirando
las partituras
en mi habitación
y de repente,
vuelve el ruido,
vuelve el grito,
el enfado,
la rabia,
el «te quiero»,
vuelve la sombra,
la gracia,
la herida,
la música,
el hachís,
la lascivia,
el orgasmo,
el vacío,
la lágrima,
el crescendo,
la doble barra
y el da capo
al fine
que no acaba.
Y noto a mi corazón
palpitar como
si fuera, quizás,
la última vez.
domingo, 11 de enero de 2015
Infierno.
¿Como saber
si estamos
en el cielo
o en el infierno?
Creencia que ciega
a hombres y mujeres.
Lecciones de moral
basadas en alguien
que no existe.
Censura.
Tradición.
Fanatismo.
Tortura.
¿Qué no?
¿Cuantos muertos
en nombre de Dios?
Personas enfrentadas
por dos maneras
de creer en un ente
inexistente, que es bueno,
pero permite el mal,
permite las guerras,
el hambre,
la miseria,
la enfermedad...
Sucio negocio
de poderosos
que ofusca al pueblo
ofreciendo salvación.
Sustento del patriacardo,
es el sexo débil
el que lleva burka
o el que limpia la cocina.
El santo padre nos dice
como hay que follar
pero infectados en África
solo tienen su credo como
única salvación.
Viven entre lujos
y riquezas
mientras contemplan
impasivos la miseria.
Vándalos hipócritas,
obstaculos para la humanidad.
Solo imaginad
que Dios
jamás venció.
si estamos
en el cielo
o en el infierno?
Creencia que ciega
a hombres y mujeres.
Lecciones de moral
basadas en alguien
que no existe.
Censura.
Fanatismo.
Tortura.
¿Qué no?
¿Cuantos muertos
en nombre de Dios?
Personas enfrentadas
por dos maneras
de creer en un ente
inexistente, que es bueno,
pero permite el mal,
permite las guerras,
el hambre,
la miseria,
la enfermedad...
Sucio negocio
de poderosos
que ofusca al pueblo
ofreciendo salvación.
Sustento del patriacardo,
es el sexo débil
el que lleva burka
o el que limpia la cocina.
El santo padre nos dice
como hay que follar
pero infectados en África
solo tienen su credo como
única salvación.
Viven entre lujos
y riquezas
mientras contemplan
impasivos la miseria.
Vándalos hipócritas,
obstaculos para la humanidad.
Solo imaginad
que Dios
jamás venció.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Las noches sin dormir en el Tango´s Club.
Y se acabó. Ya está. Se ha acabado el compás, el batir del trino y la blanca con puntillo. Te has ido. Fugaz. Intensa. Te has ido y me has dejado aquí, de sentada en el autobús escribiéndote algo que puede que no vayas a leer. Se han acabado los petas de otoño y la sonrisa forzada. Se ha acabado el hablar por hablar, el reír por reír y el desintegrase como cargas de dinamita en la boca del lobo. Pudiera ser que ahora ya no vaya a ser ese poeta que no es tan mediocre como los demás, o que mi cuello ya no se cuele por tu nariz salvajemente o que ahora no huyese como si quemara la sombra. Por recordar las noches sin dormir, en las que te buscaba entre parques, calles o bares. Pero ahora, el compás ha terminado y hemos consumido el silencio, despacio, y hemos pasado a la anacrusa donde el director se ha adelantado perdiéndose entre tanto pelo, a veces grasiento y otras enredado entre los dedos. Pero como oí por ahí, «si me quieres conocer, dejo la puerta abierta», así que espero que dejes la puerta entreabierta, aunque ya me hayas dado una copia de las llaves. Hay tantas metáforas y tantos porque síes que nadie se habrá dado cuenta del mensaje menos tú.
Me bajo los pantalones delante de la ventana para quitarle a esto ese «yo» poético tan inevitable que busca el «tú» en algún lugar del Templo de Debod, bajo el Teatro Real, en la Casa del Libro de la Gran Vía madrileña o en esa cervecería que esta según sales del metro de Bilbao a la derecha.
Se acaba, pero vuelve a empezar. Ahora, hay otro camino que tomar y aunque entre bares y calles me queje y me muera de amor, saldremos juntos a buscarnos con los pantalones bajados, de la mano o deslizándonos cuesta abajo. Dame un último paseo por las curvas de tu cuerpo y sino, tengamos un desliz, que si tu quieres, te llevo a ver todos los rincones de Madrid.
Una despedida no es un «hasta nunca», sino un «ya nos vemos» que sale de tu mirada en la puerta del metro de Sol.
Te espero en las escaleras mecánicas.
Me bajo los pantalones delante de la ventana para quitarle a esto ese «yo» poético tan inevitable que busca el «tú» en algún lugar del Templo de Debod, bajo el Teatro Real, en la Casa del Libro de la Gran Vía madrileña o en esa cervecería que esta según sales del metro de Bilbao a la derecha.
Se acaba, pero vuelve a empezar. Ahora, hay otro camino que tomar y aunque entre bares y calles me queje y me muera de amor, saldremos juntos a buscarnos con los pantalones bajados, de la mano o deslizándonos cuesta abajo. Dame un último paseo por las curvas de tu cuerpo y sino, tengamos un desliz, que si tu quieres, te llevo a ver todos los rincones de Madrid.
Una despedida no es un «hasta nunca», sino un «ya nos vemos» que sale de tu mirada en la puerta del metro de Sol.
Te espero en las escaleras mecánicas.
martes, 2 de diciembre de 2014
(D)espacio.
Y no lo puedo soportar. El tic de mi pierna se torna insoportable e irrisorio y su ritmo se acelera, como mi respiración, que es cada vez más agitada y los suspiros aleatorios aumentan su frecuencia. Hasta que por fin estalla. «¡Te odio!», silencio,«¡déjame en paz!»,«¿por qué no estudias?», besos robados bajo la luz de la luna, silencio, «nada»,«¡que no me grites!», silencio, «hola, Melenas», «buenas noches», silencio, silencio, silencio, silencio y ruido confuso, como un bazar de ideas, como quien grita «¡a tres euros, señora!», crepúsculo de las palabras bajo unos cuantos sorbos de café tardío y ya no te quiero. Como una realidad huérfana de espacio, despacio, como se consume la tinta del bolígrafo, házmelo muy lento. Lágrimas que se evaporan antes si quiera de salir a la luz mientras mi mente parece una autopista con pensamientos kamikazes en sentido contrario a las manecillas del reloj. Silencio. Apenas un instante sin palabras necias, realidad huérfana de espacio pero complementada por mis simples ideas y destruida, aniquilada, conquistada y arrasada por el silencio y el gozo de mis ojos. «¡Que no me grites!» y le pego un sorbo al café de la mesa que ya no es café ni tampoco hay mesa, con gesto de desaprobación y palabras que caen como un martillo pilón mientras mi pierna sigue moviéndose con su plena libertad y yo he perdido todo contacto con el exterior a la vez que juego a ser guardia de tráfico en mi subconsciente.
¡QUIETOS!
Despacio.
Despacio y sin espacio, dormido, dejando que mis labios se codeen con tus pezones y el sabor de aquella cerveza mientras agito la cabeza, como sin saber que pasa. Te he traído una bolsita de arena y un bol con agua para hacerte tu propia playa debajo de tus sábanas,«pero el accionista no ha pagado el valor de emisión» y así sin más, se me acaban las ideas y las lágrimas. Es domingo por la mañana y no hay nadie por la calle, despacio, como mi propia realidad, huérfana de espacio. Ya he terminado de escribir y me he dado cuenta de que estoy jadeando y a mi al rededor nadie se ha dado cuenta de la bíblica batalla que ha habido en mi mente. Despacio.
¡QUIETOS!
Despacio.
Despacio y sin espacio, dormido, dejando que mis labios se codeen con tus pezones y el sabor de aquella cerveza mientras agito la cabeza, como sin saber que pasa. Te he traído una bolsita de arena y un bol con agua para hacerte tu propia playa debajo de tus sábanas,«pero el accionista no ha pagado el valor de emisión» y así sin más, se me acaban las ideas y las lágrimas. Es domingo por la mañana y no hay nadie por la calle, despacio, como mi propia realidad, huérfana de espacio. Ya he terminado de escribir y me he dado cuenta de que estoy jadeando y a mi al rededor nadie se ha dado cuenta de la bíblica batalla que ha habido en mi mente. Despacio.
Menos de un año, un domingo y un noviembre.
Y de repente, se nos vino la lluvia encima, como el enfado de algún dios inexistente. Y debajo de aquel soportal entremedias de Ópera y Oriente, veíamos la lluvia caer, cogidos de la mano, escuchando la música de nuestras esencias, completándonos el uno al otro. Y entre las nubes de humo de aquel porro veíamos pasar nuestras penas y nuestros deseos mientras la gente pasaba, nos miraba extrañada y seguía caminando. Caminaban apurados, como si la lluvia fuese ácido y como tuvieran algo mejor que hacer que empaparse una tarde lluviosa de domingo madrileño. Reíamos mientras la gente pasaba y nos miraba, mientras realizábamos nuestros viajes de ensueño y vivíamos más vidas que un gato. En menos de cinco minutos viajamos por las selvas amazónicas, nos perdimos por las calles de Praga y coronamos el Himalaya tras haber dado la vuelta a Cuba en bicicleta. Y de repente, tus ojos se posaron en los míos y tus labios besaron los míos. El frío despareció y había vuelto a casa tras muchos viajes para irme otra vez, no sabia a donde, donde tus labios me llevaran. Me miraste a los ojos y nos inundó una sonrisa plena. Intensa. Me sentí vivo y pleno, intenso. Como jamás antes lo había hecho.
---------------------
Dedicado a Julio, por su inestimable ayuda, para agradecerle todo lo que ha hecho por mi sin ni si quiera conocerme. @tresquartsderes
---------------------
Dedicado a Julio, por su inestimable ayuda, para agradecerle todo lo que ha hecho por mi sin ni si quiera conocerme. @tresquartsderes
Suscribirse a:
Entradas (Atom)